No quise tomar una decisión equivocada. Lo debía pensar bien.
Después puede salir bien, o no, pero uno debe ejecutar sus acciones. Y allí
estaba, frente a la puerta de mi dormitorio pensando en que hacer pero con el
pulso acelerado y temblando, que me hacía muy difícil sostener el calibre 22
que jamás había usado desde que heredé de mi padre.
Entonces entré en la habitación golpeando la puerta lo que aterrorizó
tanto a mi esposa y a la persona que había con ella, su amante.
Al verlos paralizados y en silencio me lo que me permitió pensar más,
sin dejar de apuntarles decidiendo a quien disparar primero. Entonces apunté
dando apoyo al arma en mi mano izquierda y disparé seguidamente. En ese momento
me tranquilizó el ver que los disparos habían dado en la pared, muy por encima
de sus cabezas. Me marché, pero en el camino recordé que no había borrado las
huellas del revólver y volví para hacerlo. Y en ese momento me sorprendió el
ver que un nuevo disparo resonó en la casa. Quedé paralizado y aterrado.
Y entonces el silencio lo interrumpió mi mujer que portaba el
revólver con guantes en las manos
-Amor, llama a tu abogado. Acabas
de asesinar a mi amante.
